Más que a conducir, nos enseñaron LIBERTAD

Mi mamá me enseñó a manejar carro cuando yo tenía 20 años, ella aprendió en sus 30’s y quería que yo aprendiera joven, por lo que siempre me insistía en salir a manejar.


Las veces que mi papá intentó enseñarme, yo terminaba llorando o enojada porque él se ponía nervioso y me gritaba, pero mi mamá no, ella me mandaba valiente en las rotondas y no dejaba que el pito de los carros me afectara.


Después de mí, mi mamá le enseñó a manejar a mis dos hermanos. Como desde los 15 años, los subía al carro y muy orgullosa a cada uno con amor y con paciencia, así como nos enseñó a caminar, también nos enseñó a manejar.


De las tres hermanas que tiene mi mamá, ella es la única que maneja y tiene carro propio, y de mis primas que tienen una edad similar a la mía, yo fui de las primeras en tener licencia de conducir.


Manejar parece una cosa normal y casi que indispensable para el currículum personal de habilidades, sin embargo por diferentes motivos, aún hay muchas mujeres que no manejan y en el peor de los casos tienen un carro parqueado en la cochera todos los días, que no saben usar y necesitan llamar un taxi, un Uber o a alguien que las lleve y las traiga.


Saber manejar y tener carro propio me abrió las puertas a la independencia, iba y venía a donde quería, sin necesidad de otra persona. Yo me siento muy orgullosa de mi misma porque manejo carro manual, automático, moto y cuando me dan un carro grande 4x4, sin miedo me subo y vamos pa’ lante.



Creo que mi mamá, aunque no lo tuviera claro en su momento, lo que estaba haciendo con enseñarnos a manejar, fue a ser más independientes en la vida.


Y así como ella, muchos otros papás sin saber la lección detrás de manejar un carro, fueron preparando a sus hijos e hijas para la independencia.


Don Gerardo Martínez Martínez, el papá de Mariana, le enseñó a manejar a su hija a los 18 años y las clases eran de noche, porque manejar así es más difícil y él quería que ella aprendiera bien.


Don Gerardo era taxista y luego fue chofer de bus, y mientras fue chofer, algunas veces llevaba a su hija para que lo acompañara en el trabajo.


Don Gerardo, acompañó y guió a Mariana en todas las pruebas de manejo, cursos y papeleo que necesitaba para que ella se convirtiera en una mujer taxista, ella muy orgullosa de su papá quería seguir sus pasos.


Mariana también maneja moto y no podía faltar que como hija de un buen chofer de bus, este la sentara por primera vez, en el asiento de una máquina con ruedas, a la que muchos nunca nos hemos enfrentado.


Y claro, Mariana como una mujer amante de los motores, no se iba a quedar solo con la sensación de sentirse pequeñita en el asiento de un bus, por lo que decidió anotarse en una escuela de choferes y cambiar de profesión.



Sin miedo al qué dirán, Mariana se enfrentó a su primera clase, donde seguramente sus dos compañeros varones, se extrañaron de ver una mujer ahí. Sin embargo, Don Francisco Fallas el instructor, maestro y supervisor de choferes, de la empresa de autotransportes ATD, fue ese segundo hombre en la vida de Mariana que con paciencia, dedicación y las palabras correctas, supo llenar su espíritu de seguridad y empoderamiento femenino.


La animó, la alentó, le infundió la energía y la actitud positiva que ella necesitaba cuando sus miedos, sus inseguridades y el susto se adueñaban de ella a la hora de manejar una máquina tan grande. Porque al final, cada chofer de bus lleva la vida de más de 50 personas en sus manos, porque dominar las curvas, las cuestas, los cambios de velocidades, esquivar huecos, no pegar con nada, la gente mal encarada, el desprecio de muchos y los gritos de otros, no es fácil.


Después de ganar la prueba de manejo y con licencia en mano que la autorizaba a manejar bus, Mariana empezó su primer día de trabajo y como ella misma dijo, ese día sudaba “chanchos”, no escuchaba el timbre cuando alguien se quería bajar y en cada parada de bus, le asustaba ver la fila de gente esperando por ella.


Sin embargo a pesar del susto y la congoja de ese primer día, conducir le daba paz.


A pesar de su 1.60 de altura, todos los días Mariana se empodera a sí misma, se llena de valor, ánimo y de buena actitud, acomoda los espejos y el asiento del bus que le toque manejar ese día, no importa si es manual o automático, o si es ese viejo bus Daewoo que es muy golpeado y no se lo daban en las clases, ella, lo sabe manejar.


Mariana tiene una familia, un esposo, una hija grande y una hija pequeña, aún así, ha llegado a trabajar hasta 14 horas por día o más. Al principio le daba mucho sueño pero en poquito tiempo logró acostumbrarse.


Cuando cambió de trabajo, habló con su familia y les dijo que había que hacer sacrificios, que ahora iban a tener menos tiempo para disfrutar juntos, pero que por otro lado económicamente iban a estar mejor. Mariana tiene un esposo perfecto, como ella misma me dijo, que ayuda en la labores de la casa, cocina, la apoya y la ama sobre todas las cosas.



Todos los días que Mariana sale a trabajar, se enfrenta con pasajeros groseros que muchas veces le han tirado el dinero del pasaje, le hacen mala cara o simplemente se les nota que no les gusta que una mujer sea la que maneje el bus, sin embargo no son la mayoría. Ella produce admiración y respeto en muchos de sus pasajeros, tanto hombres como mujeres han elogiado su forma de conducir, y hasta le han dicho que maneja lindo.


Mariana a veces se siente mal, pero siempre que se siente así, se dice así misma estas palabras:


“Lo que me dijo Don Francisco nunca me lo había dicho nadie, me hizo sentir empoderada, yo puedo hacerlo y no tengo miedo.


Mi papá me dijo: si va a andar con miedo, mejor no vaya, siéntase segura, sienta que usted sí puede.


Si me da vergüenza o miedo, me lleno de seguridad, de que puedo hacerlo, de que eso es para mí, de que eso es mío.


Me siento empoderada de que lo voy a lograr. Me digo a mi misma que buena que soy, que soy excelente, me doy palmaditas en el hombro y me autofelicito.


Si quiero hacerlo, puedo y debo. Me quiero a mi misma y logro las metas que me propongo.”



Les juro que recordar la conversación con Mariana me pone la piel de gallina, les juro que escucharla hablar a través del teléfono, su risa, su energía, ese ánimo era contagioso. Y ni que decir de la gran lección de automotivación que ella me dió.


Mariana es hija, madre, esposa, taxista, motociclista, chofer de bus, ama de casa, compañera, amiga, hermana mayor, sabe pegar block y cerámica, y es todo un ejemplo de mujer.


A Mariana le agradezco dejarme compartir un pedacito de su historia, una historia cargada de elementos positivos, de fuerza, de valor y de admiración.


Gracias a Don Gerardo y a Don Francisco, por ayudar a forjar el carácter de esta mujer, gracias por darle las herramientas y el ánimo para que ella aprendiera a llenarse de poder femenino y siguiera adelante.


Y gracias a mi mamá por haberme enseñado a manejar, por haberme obligado a salir de la casa y tomar el volante, aunque me diera miedo y aunque tuviera un tráiler detrás, gracias por la paciencia cuando en las cuestas el carro se me iba para atrás y por corregirme cuando iba manejando en medio de dos carriles.


Más que a conducir, todos ellos nos enseñaron LIBERTAD.


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Si la historia de Mariana te puso la piel de gallina como a mí, no te perdás la siguiente semana la increíble historia de Ingrid Otárola, otra mujer llena de mucho poder y fuerza interior.


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Gracias por leerme y nos hablamos pronto.

Chaoooo

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